Posted 3 abril, 2014 by Consumidor in Audio
 
 

El arte de elegir un buen vino [Revista del Consumidor Podcast #146]

Nuestra memoria tiende a almacenar los momentos especiales y relacionarlos con olores y sabores, como el perfume de una dama o la famosa madalena de Proust en En busca del tiempo perdido. Jamás olvidaremos el olor y sabor del vino de nuestra graduación, de cuando conocimos a esa persona especial, o de ese cumpleaños maravilloso. El vino significa, es civilización y enamora, y no es necesario ser experto para disfrutarlo.

Todos nos hemos enfrentado a la difícil elección de un vino, y cuando no somos expertos en el tema, es un reto hacerlo sin quedar mal. ¿Qué es un buen o mal vino? ¿Con qué comida combina mejor? Los siguientes son criterios de elección que frecuentemente entran en acción ante ese complicado momento culinario:

Maridaje: el arte de elegir un buen vinoA todos nos interesa el rubro precio porque queremos la mejor calidad al menor precio; y aunque se suele asumir que entre más caro, mejor, eso no siempre es correcto. El costo depende de la complejidad del vino: uno caro, por lo regular, pasó un tiempo en barrica y por ello tendrá sabores amaderados, especiados y complejos, pero ello no lo hace mejor ni peor que otros vinos más simples y económicos, pues depende con qué vayas a maridarlo.

La comida es sumamente importante y la complejidad del platillo dictará la del vino. Si combinas un vino que diga “reserva” o “gran reserva” (tiempo de barrica) con un plato de sabores simples, la complejidad del vino matará el sabor de la comida; si, por el contrario, el platillo es demasiado complicado y lo maridas con un vino joven (es decir, sin barrica), el vino te sabrá a agua.

A veces se antoja un vino sólo para pasar la tarde o el rato, sin alimentos; en este caso, lo ideal es optar por uno joven, de sabores ligeros, florales y afrutados, los cuales se pueden disfrutar solos o con botanas ligeras. De la misma forma, si te invitan a una parranda de “vasitos desechables”, es irrelevante la calidad del vino, es suficiente con llevar uno cuyo sabor, por experiencia, te sea agradable, pues no querrás desperdiciar el sabor de un vino complejo entre humo de cigarro y “papitas fritas”.

La elección del vino debe obedecer a los sabores y la complejidad de los alimentos. Una pasta ligera con crema y jamón, por ejemplo, demanda un vino ligero y poco complejo, ácido para limpiar la grasa del paladar, tal vez blanco. Sin embargo, si preparamos una ensalada con un aderezo muy condimentado y tocino, un vino tinto joven funcionará perfecto. Un bistec sencillo sin condimentar, asado al carbón, pide un vino sin mayores complejidades; mientras que un corte grueso y jugoso exigirá un vino de barrica.

El vino blanco generalmente es poco tomado en cuenta, pero es ideal tanto para pastas como para mariscos. Un vino blanco de barrica puede soportar sabores bastante complejos como el de la pizza, quesos curados, paella o pescados al mojo de ajo.

Los vinos tintos de “reserva” y “gran reserva” son tan complejos que piden platillos que ni siquiera acostumbramos en nuestro país, o ¿con qué frecuencia comes venado, pato o cordero? El problema viene al querer maridar la comida mexicana con estos vinos. Nuestra gastronomía exige un vino con una complejidad idónea para aguantar los sabores especiados del jitomate, el ajo y el cilantro, pero lo suficientemente ácido para cortar la grasa y refrescar el paladar.

Y aquí viene el más erróneo de los prejuicios: “el vino rosado es para mujeres”. El vino rosado es ideal para maridar la comida mexicana. Atrévete a probar enchiladas, sopes o tacos de canasta, de carnitas, barbacoa, cochinita o al pastor con vino rosado. Eso sí, hay que ser mesurados con el chile, porque las salsas muy picantes matarán cualquier maridaje.

Por ahí hay quienes dicen: “No voy a gastar 400 pesos en un vino mexicano, cuando por lo mismo me puedo comprar uno francés”. Mal pensado. La mayor parte de la producción de vino que nos llega a México es de casas con una producción muy grande, con excedentes suficientes para exportar, y su precio está inflado por el transporte y los aranceles, además de los impuestos locales (IEPS, IVA). Por darte un ejemplo, un vino francés de 400 pesos en realidad es un vino que valía 150 antes de aranceles e impuestos, y no por el hecho de ser francés o italiano es mejor que uno de cualquiera otra parte del mundo.Maridaje: el arte de elegir un buen vino

La nacionalidad no necesariamente es sinónimo de calidad, y en México tenemos muy buenos vinos, tanto de casas productoras como artesanales.

Encontrar la correspondencia perfecta para casar un buen vino con tu platillo favorito, por complicado que parezca, puede ser más fácil que encontrar a “tu media naranja”.

Esperamos que esta breve guía, con la asesoría de Édgar Meritano, experto entusiasta y catador de vinos, sea del agrado de tu paladar.

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Fotos: Archivo

 


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