El amanecer de los consumistas
Los seres humanos no estamos de acuerdo con la idea de morir. Esa inconformidad ha sido el origen mismo de la cultura que busca evadir la muerte mediante la religión, la ciencia y la creación artística, entre otros recursos de nula utilidad, al menos para ese fin. En el mismo sentido ha dado origen a decenas de mitos, leyendas e historias fantásticas sobre personajes que viven eternamente una existencia ambigua entre el más allá y el más acá.
El término zombi es un a palabra de etimología controversial, procedente de una lengua africana, que significa “fantasma” o “espíritu”. Esta figura se originó en la religión vudú y sus creencias mágicas. De acuerdo con ellas, un brujo puede revivir a un muerto y hacerlo actuar según sus propios deseos. También puede hechizar a un vivo y despojarlo de su voluntad para reducirlo a ser un mero autómata.
La confluencia de esas tradiciones en la literatura y el cine de horror del siglo XX hicieron que los zombis cobraran importancia en la cultura contemporánea como criaturas malignas, aunque sin alma ni intelecto activos, y en cuya carne son perceptibles ya los efectos de la descomposición cadavérica. El más importante creador que abordara el mito de los zombis es George Andrew Romero (1940) y realizó varias películas con ese tema: El amanecer de los muertos (Dawn of the Dead, 1978), El día de los muertos (Day of the Dead, 1985), La tierra de los muertos (Land of the Dead, 2005), El diario de los muertos (Diary of the Dead, 2008) y Survival of the Dead, estrenada en 2009 en el Festival de Venecia. Todas estas películas conforman un conjunto articulado sobre el fenómeno zombi y una crítica aguda, burlona y maliciosa a la sociedad contemporánea. El amanecer de los muertos se enfoca en el materialismo y en el consumismo de la sociedad estadounidense de la segunda mitad del siglo XX; en la cinta, una inexplicable plaga de muertos avanza por ciudades de Estados Unidos sin que las autoridades políticas y sanitarias logren contenerla. Un grupo de cuatro sobrevivientes de Filadelfia consigue huir de la ciudad en poder de los zombis y roba un helicóptero para transportarse a Canadá. Finalmente se refugian en un centro comercial. La cultura del consumo y la gratificación instantánea es falsa y deshumanizante.
Mientras en los siglos pasados, durante las guerras, invasiones y plagas las personas se refugiaban en iglesias, en esta película el nuevo centro espiritual del hombre contemporáneo, su templo y bastión es el mall, donde los supervivientes se entregan a toda suerte de frivolidades posibles por su ilusorio poder de compra: roban dinero, posan burlonamente para las cámaras de seguridad, se prueban prendas, comen, practican videojuegos y se divierten como si nada estuviera ocurriendo. En la película de Romero, el centro de comercial se revela como el lindero de la verdad y la imaginación. Mundos ficticios, hiperreales donde todo se orquesta para construir una fantasía. La utopía consumista de los personajes refugiados en el mall de El amanecer de los muertos desaparece cuando una pandilla de motociclistas irrumpe al centro comercial dejando entrar a miles de zombis que se entregan al pillaje y al más brutal canibalismo. El destino de los supervivientes es tan incierto como el de cualquier consumidor que sale del centro comercial y se enfrenta al mundo real, con todos los problemas derivados de una visión materialista que lo ha hecho desatender asuntos esenciales como el mundo de los valores y los afectos.
(Tomado del texto de Rafael Muñoz Saldaña, en Revista del Consumidor edición de julio)
Foto: Cortesía United International Pictures






















