Posted 10 junio, 2010 by admin in Blog
 
 

¿Cuánto cuesta el sexo en la ciudad?

Dirigida y producida por Michael Patrick King y conformada por seis exitosas temporadas, Sex & the City fue la serie que entre 1998 y 2004 robó la atención a miles de treintonas que querían ver en pantalla sus conflictos existenciales con el sexo opuesto. A finales de la década de los noventa, el guión de la serie sostenía un argumento en el cual la permanente “liquidez” de sus protagonistas saltaba a la vista mientras se les veía pasear  por los rincones más exclusivos de Manhattan con un bolso Louis Vuitton, cup cake Magnolia Bakery en mano y unos carísimos zapatos Manolo Blahnik en los pies.

Al menos en las primeras etapas, los escritores de la serie, abiertamente colgados de la ficción, no repararon en hacer coincidir los trabajos de sus personajes con sus gastos o ¿acaso una columnista de sexo tendría para comprar zapatos de 500 dólares para seguir engrosando su vasta colección?

A los detractores del derroche y del hedonismo exacerbado, les cayó como bomba la pedantería e irresponsabilidad con que las protagonistas manejaron sus hábitos de consumo. Sin embargo, para el grueso de las televidentes, Sex & the City llenaba sus expectativas aspiracionales, haciendo del sofisticado despilfarro una actividad propia de “la mujer independiente”. Tal fervor y arribismo llegó al extremo de un tour especialmente diseñado para los fans de la serie, para recorrer las locaciones y tiendas más concurridas por las protagonistas.

Sin embargo, para las últimas temporadas, cuando la crisis aporreaba a la mayoría de la población estadounidense (y del mundo),  las chicas de la serie tuvieron que apretarse el cinturón modificando su manera de relacionarse con el dinero. Sucede que ya no era tan atractivo atestiguar la opulencia en época de vacas flacas. La lección es sencilla: los tiempos cambian, las modas pasan, los amores se marchitan y si de algo podemos estar seguros es que siempre habrá quien deje escapar miles de dólares por el placer de colgar en su perchero el bolso de sus sueños. Un placer con vida propia tan válido como guardar debajo del colchón el último peso de una raquítica quincena.

Imágenes: Cortesía Warner


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